quinta-feira, 7 de março de 2013

Depeche Mode: grandioso no es lo mismo que grande




Valorar un álbum a partir de una única escucha es como comprar un piso después de verlo de noche. Arriesgado. Más si, como es el caso de Delta Machine, da la impresión de que la ecualización elegida por Sony para escucharlo esta mañana en su sede exageraba los graves. El decimotercer trabajo de estudio de Depeche Mode sonaba tan duro que tenía un aire marcial.

Hechos incuestionables: es un disco largo. Trece canciones, alrededor de 60 minutos. Es muy electrónico, muy épico, muy grandioso, muy de estadio. Hasta ahí. Afirmaciones osadas: no hay ni un solo estribillo memorable, ni una sola canción digna de entrar en el panteón de los éxitos del grupo de Basildon. Esos mismos que durante casi 20 años llenaban sus discos de hits con una facilidad asombrosa.

Hijos del sello Mute, la más continental de las indies surgidas en el post-punk británico, su especialidad siempre ha sido limar aristas, convertir en comerciales cosas que en principio parecerían poco accesibles al gran público. El truco era inyectar sentimiento a la oscuridad. Alma a la máquina. Contaban con un compositor con talento, Martin Gore, y con la histriónica personalidad de su vocalista, Dave Gahan. Un sex symbol tan chulesco como decadente y frágil que daba  credibilidad a sus letras atormentadas. Pero de eso hace ya algún tiempo.

Da la impresión de que ya no necesitan más sencillos, que les sobra repertorio para hacer directos de dos o tres horas, que los nuevos temas son material para incluir entre los éxitos del grupo. Relleno muy bien hecho. Y pensado para encajar entre las canciones de Violator o Songs of faith and devotion, etapa favorita de muchos de sus fans.

Delta Machine está lleno de guiños. En Angel parecen reclamar de Nine Inch Nails lo que los estadounidenses les tomaron prestado previamente. Soft Touch / Raw nerve es casi desde el título, un poco disimulado homenaje tecno al White light / White Heat de la Velvet Underground. Son bastante tremendos los autohomenajes: Goodbye recuerda demasiado a I Feel you; Broken es tan parecida a Enjoy The Silence, que sonroja. Tanto que se podría apostar por ella como próximo sencillo. Should be higher, quizás la melodía menos obvia de todo el disco, podría ser otra opción. Slow tiene un comienzo blusero, y es la primera en la que la melodía vocal de Gahan parece imponerse sobre la instrumentación. Es como si Gahan y Gore vivieran en dos universos paralelos y en su conjunción lo más prescindible fuera la voz de Gahan. Parece más música instrumental con voz que canciones.

Pero lo que resulta más difícil de evitar es la sensación de que casi todo suena a conocido, que ha sido fabricado con el ritmo perfecto para que Gahan mueva las caderas y dé palmas en el escenario. Que todo está pensado para que funcione si suena en un estadio, delante de miles de personas.

Resulta casi inevitable encontrar similitudes entre estos Depeche Mode y los Rolling Stones de los últimos 20 años. Es el único grupo de la primera generación del postpunk británico (exceptuando a The Cure), que ha alcanzado la categoría de banda de estadio. Depeche Mode tiene un frontman a lo Jagger, Dave Gahan; un músico a lo Richards, Martin Gore y un tercero en discordia que anda por ahí, Andy Fletcher, para dar la apariencia de grupo..

Pero sobre todo, lo que parece es que más que un grupo es una empresa. Una engrasada maquinaria de generar dinero. Solo hay que mirar los datos que maneja su compañía. "Sus ventas globales superan los cien millones de discos. Los 12 álbumes de estudio publicados hasta ahora han llegado al Top Ten en más de 20 países, entre ellos Estados Unidos y Reino Unido. Su último álbum, sounds of the Universe, debutó en el número Uno en las listas de 14 países".

Y las giras. Tres millones de entradas colocaron entre 2009 y 2010, en 31 países. Y ya está preparada la próxima: 34 conciertos en 25 países. Estadios olímpicos, festivales... a lo grande.

Delta machine, un disco entre trece, carece de importancia real dentro del contexto global. Es solo una parte de algo mucho más grande.  Como los Stones, Depeche Mode han convertido su propia existencia en su mejor obra. No se va a ver a los Stones para escuchar sus nuevas canciones. Se va porque son quienes son. Un poco lo que pasa con Depeche Mode después de 33 años. Es material para los creyentes, no para convertir. Si alguien quiere convencer a otro de la calidad del grupo no es probable que elija este disco.


Publicado por: El País

Crédito: Juliana Souza




Um comentário: